Viola

Por qué te traicionan los nervios en el escenario (aunque estés preparado)

December 21, 20255 min read

Los nervios en el escenario son algo que algunos músicos clásicos conocen bien.

A pesar de años de preparación, de ensayos interminables, de horas de estudio, hay momentos donde el cuerpo parece no obedecer. La respiración se acelera, la mente se va, las manos tiemblan.

Y lo peor es que esto pasa justo cuando más necesitas estar presente.

Pero no a todos les pasa.

De hecho, hay músicos que suben su nivel en el escenario. Rinden más que en casa.

¿Por qué algunos sí y otros no?

Los nervios no son aleatorios

Los nervios no son solo "que se me acelera el pulso" o "me sudan las manos".

Se disparan porque hay algo que los activa en tu mente. Algo específico que pasa justo antes de que tu cuerpo reaccione.

Neurocientíficos como Joseph LeDoux descubrieron que ciertas partes del cerebro responden a estímulos emocionales antes incluso de que seas consciente. En términos prácticos, eso significa que tus nervios se activan por algo que ocurre en tu mente, antes que en tu cuerpo.

Y ese "algo" suele ser una imagen o un diálogo interno. Una representación mental interna.

Haz la prueba

Piensa ahora en alguien a quien quieras mucho.

¿Te ha venido una imagen? ¿Has sentido algo agradable al instante?

Esa imagen es una representación mental. Y ese cambio emocional que ha venido con ella es automático. No lo has forzado. Simplemente ha ocurrido.

Ahora imagina que en lugar de eso, lo que aparece en tu mente es la escena de un fallo anterior. O una crítica dura. O la imagen de ti mismo quedándote en blanco en mitad del solo.

Lo que sentirías sería muy distinto.

El violinista y la imagen del fallo

Hace unas semanas trabajé con un violinista que llevaba meses preparando una audición importante.

Su técnica era sólida. Había trabajado a fondo. Pero cada vez que pensaba en la audición, algo pasaba.

Le pedí que cerrara los ojos y pensara en el momento exacto del pasaje más difícil.

—¿Qué ves? —le pregunté.

Me describió la imagen: sus propios dedos en el diapasón. Veía el pasaje complicado acercándose. Y luego, la imagen de sí mismo fallando. La nota desafinada. El error evidente.

—¿Y qué sientes cuando ves esa imagen?

—Pánico. Como si todo el cuerpo se me pusiera rígido. Y una voz que me dice: "Vas a fallar otra vez."

Ahí estaba el disparador.

No era el pasaje difícil en sí. Era la imagen mental del fallo que su mente proyectaba antes de llegar ahí. Y esa imagen disparaba rigidez de forma automática.

Cambiar la imagen, cambiar la emoción

Le hice una pregunta:

—Esa imagen que ves… ¿está en color o en blanco y negro? ¿Está cerca o lejos? ¿Es grande o pequeña?

Me miró extrañado.

—En color. Bastante cerca. Grande.

—¿Y si la alejas un poco? ¿Si la haces más pequeña? ¿Si le bajas el brillo?

Trabajamos modificando esa imagen. Cambiando su tamaño, su distancia, su intensidad. Incluso cambiando qué veía: en lugar de verse a sí mismo fallando, trabajamos para que se viera tocando el pasaje con fluidez.

Es increíble cómo un pequeño cambio en una imagen interna puede modificar por completo la emoción que genera.

Es como pasar una película de terror a blanco y negro, sin sonido, y en miniatura. Pierde fuerza. Deja de atraparte.

Después de unos minutos, le pedí que volviera a pensar en ese pasaje difícil.

Silencio.

—Es curioso —me dijo—. Ahora cuando pienso en el pasaje, me veo tocándolo. Y si pienso en la posibilidad de fallar… sigue estando ahí, pero no me afecta. Es como cuando caminas por la calle: sabes que podrías tener un accidente, pero no vas pensando en ello constantemente. Es algo posible, pero no probable. Y no te paraliza.

La imagen del fallo seguía existiendo como posibilidad. Pero ya no disparaba rigidez.

Su mente había aprendido a representar la misma situación de otra manera. No se trataba de convencerse de que "no iba a fallar". Se trataba de que la idea de fallar dejara de tener poder emocional sobre él.

Y con ello, su cuerpo respondía diferente.

El problema no es el pasaje… sino la imagen del fallo

Cuando llega ese pasaje difícil, tu cuerpo reacciona en segundos.

No porque el pasaje sea imposible, sino porque tu mente está generando una imagen que ya conoces. La imagen de ti fallando. Y esa imagen dispara rigidez, miedo o desconexión.

Y como no somos aleatorios, esa representación se repite cada vez que estás en esa situación.

El miedo escénico es eso: una respuesta aprendida que ocurre en automático.

Y no. No se elimina con más estudio. Ni tampoco con frases como "visualízate tocando bien" si no sabes cómo hacerlo de forma efectiva.

Pero sí se puede cambiar. Reprogramando tu mente para que represente las cosas de otra forma.

Dos herramientas que cambian la respuesta

Hay dos técnicas especialmente potentes para esto:

1. Cambio de submodalidades

Consiste en modificar cómo ves, oyes o sientes esa imagen o diálogo en tu mente. Tamaño, color, distancia, brillo, volumen, tono...

Pequeños cambios en cómo representas algo pueden modificar por completo la emoción que genera.

2. Anclaje emocional

Aquí lo que hacemos es asociar una emoción positiva (seguridad, concentración, fluidez) a una situación concreta. Y también podemos desactivar anclajes negativos, como los que conectan "pasaje difícil" o "momento crítico" con rigidez o imagen de fallo.

El resultado es que, con entrenamiento, tu cuerpo empieza a responder diferente ante la misma situación. Sin forzarlo. Sin luchar contigo mismo.

Tres semanas después

El violinista me escribió después de su audición.

No consiguió la plaza. Pero me dijo algo que me quedó grabado:

"Por primera vez en años, toqué al nivel que sé que tengo. No estaba perfecto, pero estaba presente. Conectado. Y eso… no tiene precio."

La diferencia no fue su técnica. Fue la imagen que su mente estaba proyectando del pasaje difícil.

En resumen

Los nervios en el escenario no son aleatorios.

Son la consecuencia de una representación mental que genera una emoción negativa automática.

Y la solución no está en estudiar más, ni en resistirlo, ni en "visualizar" sin criterio.

La solución está en cambiar cómo tu mente representa esas situaciones. Para que dejen de llevarte siempre al mismo sitio.

Y eso, cuando se hace bien, cambia la forma en que vives el escenario.

Y cambia la forma en que disfrutas tu música.



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